El tembladeral macrista

por Eduardo Aliverti

Habría que fijar con mayor precisión los alcances de un clima adverso al Gobierno
que convirtió a esta semana, entre la combustión por los tarifazos y los tembladerales
del dólar, en una de las peores del macrismo.
El tema tarifario queda mucho más cerca del sufrimiento popular que la presunta
complejidad de los enjuagues financieros. Esas cifras monumentales de capitales
innominados que presionan en el mercado cambiario, de la intervención del Banco
Central para frenar la escalada de la verde divisa, de figuras como “carry trade” o de lo
que significa medio punto más de interés en la bicicleta de las Lebac, o tres en la tasa
de referencia, resultan completamente ajenas a la información y preocupaciones de la
inmensa mayoría social. Sin embargo, o precisamente por eso, definen de modo casi
inmejorable cuáles son ciertos límites y riesgos del modelo y plan macristas.
“La ruta de las divisas” es el título de la columna publicada ayer, en Página/12, por
el colega Raúl Dellatorre. Uno de sus didácticos párrafos explica, por caso, que las
Lebac son títulos de deuda en pesos, “cuya tasa de interés resulta atractiva para la
entrada de capitalistas extranjeros, que cambiaban sus dólares a pesos para comprar
esos papeles a la espera de obtener un rendimiento superior al aumento que pudiera
tener el dólar entre el momento de entrada y de salida

Por muy paradójico que sea o semeje, en medio del cúmulo de malas noticias,
para el Gobierno lo único que asoma relativa y momentáneamente despejado es el
escenario electoral. Pero también es cierto que viene rifando, nada menos que entre los
sectores de clase media conformantes de su núcleo más duro, el caudal reacumulado
en octubre último. Hoy, Clarín publicó el resultado de diez encuestas, de consultoras
cercanas al oficialismo y la oposición, que coinciden en marcar el deterioro
gubernamental.
La reacción contra la reforma jubilatoria fue un aviso que los tarifazos ratificaron,
junto al agregado de malquistarse con el peronismo opo-oficialista gracias, entre otras
cosas, a la pretensión de que las provincias y municipios bajen impuestos en sus
boletas energéticas.
Se cruzan, además y desde las propias usinas periodísticas oficiales, acusaciones
de que Casa Rosada tiene un pésimo muñequeo político con aquellos adversarios afines
e incluso con sus aliados radicales. Hablan de un gobierno que por un lado fija la
agenda y por otro reacciona tarde y mal frente a sus consecuencias. Citan, ya
abiertamente, peleas a los gritos; ministros a los que se les prohíbe hacer
declaraciones; enfrentamientos entre el “ala política” y la “ortodoxia sobreactuada” del
Banco Central. Lo cierto es que el macrismo no quiere ni puede hacer nada frente al
programa que ejecuta, con precisión quirúrgica en lo ideológico y en lo operativo que
deriva desde allí. Está preso de sí mismo.
El agujero fiscal provocado por la quita de retenciones, el ingreso de capitales
meramente especulativos para financiar el déficit y la presión de los formadores de
precios, más la necesidad de abaratar costo laboral en dólares, son un paquete
explosivo que en estos días muestra los dientes y del que sólo podían no estar avisados
quienes creyeron en la corrupción kirchnerista, el exceso de cadenas nacionales o el
cepo cambiario como los problemas fundamentales del país. Los bancos más grandes
del mundo, a través del Instituto de Finanzas Internacionales, acaban de advertir que la
deuda argentina entra en fase crítica si no avanza el ajuste.
Hasta acá, rigen tres elementos capaces de haber logrado que la fantasía del
cambio positivo permaneciera firme. El peso simbólico de la herencia recibida,
conducido eficazmente por el aparato mediático siendo que la herencia fue en verdad
un deleite tras recibir una de las gestiones menos endeudadas del mundo (causa cierta
gracia que chicaneen a Macri por no haber explicado de entrada, con crudeza, los
números precedentes: ¿qué hubiera debido reconocer? ¿Que el ínfimo endeudamiento
en dólares respecto del PBI fue justamente lo que habría de permitirle la confianza del
exterior para prestarle plata?). Dos, el invalorable aporte de una oposición todavía
inexistente en sus probabilidades de unificarse. Y tres, la complicidad del grueso de la
dirigencia sindical, suscriptora del hachazo a los salarios en la carrera contra la inflación.
De ese triplete, el único factor que brinda síntomas de agotamiento progresivo es
el primero. Los dos restantes conservan buena salud, pero por las dudas los chequeos
son cada vez más periódicos.

Restaría un cuarto elemento, agregado al papel nunca suficiente pero sí
imprescindible de la corporación mediático-judicial, que hasta ahora no fue tenido en
cuenta porque se interpretó que un gobierno como el de Macri representa sin fisuras al
bloque de la clase dominante.
Históricamente, la acumulación del capitalismo argentino fue a través de la renta
agraria. Desde el golpe de 1976, el patrón central es la valorización financiera. Salvando
que la anomalía kirchnerista distribuyó algo o mucho entre los más postergados, hay
una oligarquía mucho más integrada porque la médula agropecuaria forma parte de la
fracción conducida por bancos transnacionales y empresas extranjeras. No es que ese
bloque tenga grietas severas, incluyendo la pasividad de los empresarios de la UIA
frente al achicamiento del mercado interno, sino que responde a su naturaleza de
maximizar la tasa de ganancia a como sea.
Lo que parece haber entrado en duda, en ese círculo rojo del que cínicamente
Macri se queja como si no lo constituyera y conociese de toda la vida, es la capacidad
gubernamental de timonear la angurria. La decisión de avanzar con mayor pericia
política, comunicacional, rosquera, en el ajuste contra quienes menos tienen. Macri es
un agente de negocios puesto a conducirlos en forma institucional directa, pero la
política requiere de un volumen de liderazgo que no tiene para ser, digamos, un gran
populista de derechas. No le da. No enamora a nadie y esto, por si poco fuera, es la
Argentina.
Como señaló el sociólogo Atilio Borón, en alguna oportunidad ya citada aquí, en
este país pasan más cosas en una semana que en dos siglos de historia belga.
Y en efecto, eso dota a nuestra política de un grado de imprevisibilidad que no se
consigue en ninguna parte.
Quizá el macrismo haya comenzado a advertirlo.

 

MARCA DE RADIO, sábado 28 de abril de 2018.

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